jueves, 8 de enero de 2009

¿Cuánto vale tu vida?

- Estamos por algún motivo aquí, o al menos eso queremos creer. - la voz temblaba.

El aire despeinaba el cabello de Adrián, e impedía que sus fuerzas se centraran en mantener sus pies firmes para no caer al vacío. La mano izquierda, temblando, aguantaba un móvil. La derecha limpiaba las gotas de sudor de su frente.

- ¿Qué puedes hacer? ¿me lo preguntas a mí?... estoy a punto de acabar con todo por esa respuesta. - Cada vez más alterado, la respiración aumentaba haciendo más díficil seguir en equilibrio. La desesperación, unida al viento, hacía que sus ojos vieran cada vez más cerca el río que tenía abajo, pero sólo un segundo más de su latido le ofrecía la verdadera perspectiva de la situación. - ¡No hay nada que hacer! He hablado tanto, demasiado... - hizo una agónica pausa - ...no, sigo aquí, aún no me he lanzado, y no sé por qué. Lo intenté todo por tí, y todo lo que hice fue destrozar lo poco que tenía... - rompió a llorar - sólo soy un estorbo para todos, una carga. Lo siento, pero debo de hacerlo... adiós.

Tiró el móvil hacia el andén de carretera que tenía a sus espaldas. Cerró los ojos, puso su cuerpo rígido y levantó los ojos al cielo, observando la que sería su última luna. Una luna llena que jamás le pareció tan grande, tan cercana. Colocó sus brazos en cruz, y sólo quedaba esperar a un momento digno para acabar con todo.

Hubo un enorme estruendo. Giró la cabeza hacia la izquierda, en dirección al ruido. Era un accidente de coches, uno de ellos de la policía. Adrián abandonó su posición y fue a ver que ocurría. Los policías habían abandonado el vehículo ilesos, pero el otro se encontraba en bastante mal estado. Pudo distinguir al conductor, un hombre mayor, con la cabeza tendida sobre el volante.

- ¡Eh chico! ¡Déjalo! - le gritó uno de los policías - ¡el vehículo va a explotar! ¡es un maldito asesino! ¡déjalo!

Una pequeña llama se había iniciado en el vehículo del hombre mayor, pero era la gasolina del depósito del coche de policía la que se acercaba continuamente, esperando provocar la mayor reacción.

Adrián ignoró las advertencias y la lógica, golpeó el cristal del vehículo varias veces y consiguió con mucha fortuna romperlo. Pudo meter la mano y abrir la puerta. Todo fue fugaz, le quitó el cinturón a la víctima, y a pesar de que no se podía ser brusco sacando el cuerpo para prevenir futuras lesiones, no era momento de pensarlo. En pocos segundos lo tenía a cuestas y conseguía salir.

- ¡Ten cuidado!

Adrián se giró hacia el coche y éste explotó. Entonces sólo quedó oscuridad, una pacífica y agradabel tranquilidad.

Y allí estaba de nuevo la luz de la luna, más enorme que antes, más cercana. Como dándole las manos para acompañarlo en el nuevo viaje, con el que todo acababa.

- Ey chico, chico... - Adrián abrió los ojos, no pudo reconocer nada a simple vista, todo parecía extraño - ...lo tuyo es milagroso chico, eres un héroe. O un santo, porque has conseguido salvar a este tipejo, y tú al menos estás vivo. - Pudo reconocer entonces al policía de antes. - estamos en el hospital, has pasado unas horas en quirófano, tienes varias quemaduras y... bueno, ya te darán un diagnóstico mejor. No sabemos nada de tí, no llevas identificación... pero dime, chico, ¿cuánto vale tu vida para arriesgarla de esa forma?

Adrián sonrió. Y haciendo un esfuerzo escupió unas palabras:

- Necesito hacer una llamada...

1 opiniones :

  1. Vanesa dijo...

    Ya te lo dije, pero ahora dejo constancia. Quiero tu primer libro!