martes, 7 de abril de 2009

5. Prisioneros

La gente está alterada en las calles de Newope. Casi todos han salido de sus casas para ver las caras de los visitantes. Los murmullos y rumores se aglutinan en la ciudad de piedra, cebándose con el nerviosismo de los habitantes.

Lorayn, Eleanor y Jonathan corren hacia la plaza central. Como su nombre indica, la plaza central es el punto medio de la circunferencia que forman las murallas de Newope. Una plaza enorme, con tribunas en ambos lados, donde se ejercían los tribunales más importantes de la ciudad. El suelo, de un material azulado, se adornaba con el nombre de los fundadores de la ciudad.

- ¡Abrid hueco! - gritaba un soldado.

A lo lejos los tres prisioneros llegaban hacia la plaza. Dos de ellos inconscientes, eran transportados por dos hombres cada uno. El otro agarraba a una mujer, mientras era custodiado por una decena de soldados.

Durante el trayecto, los habitantes de Newope los miraban de arriba abajo. Lorayn hizo lo mismo, con la esperanza, o tal vez miedo, de que pueda ser su hermano. Todos lo intentaban identificar, para reconocerlos como alguno de los exiliados, pero nadie pudo decir nada, nadie los conocía.

Los tambores de Newope sonaron al ritmo de juicio. En la plaza había tres hombres: Freckles es el Gran Juez de Newope, el lector de El Decreto, el que dictamina la sentencia. Aunque en la ciudad del desierto no hay líderes, el Juez si era el hombre más poderoso. Aún joven, recibió su cargo por descendencia, tras el fallecimiento de su padre en la anterior Guerra Civil. Los otros dos hombres eran Zumo y Tino. El primero era llamado "la voz del pueblo" y el segundo tenía la obligación de ayudar a la persona juzgada, intentando ofrecer otro punto de vista.

A pesar del desconcierto de la población, son muchos los ciudadanos que escupían y tiraban alguna piedra a los prisioneros. Insultados como asesinos o traidores, llegaron a la plaza central. Un par de soldados con cubos de agua los lanzaron sobre los desmayados, intentando reanimarlos. La ciudad gritaba, cada vez más fuerte, buscando venganza contra ellos.

- ¿Qué han hecho? - le preguntó Lorayn a Jonathan.
- Nada, simplemente llegar aquí.

La chica lo pudo entender. La sombra de la anterior guerra civil era tan ancha, que seguía perjudicando la mente de los habitantes de Newope. Muchos perdieron a sus hijos, hermanos, amigos... Y ahora, aparecen estas tres personas. Nunca hubo un visitante en la ciudad, jamás. No se conocen otros mundos, no hay nada. Por eso el castigo del exilio para los magos fue el peor posible, ya que vivirían en un mundo que se presumía vacío.

Para Lorayn ésto era otra forma de ver las cosas. Quizás también para el resto de miembros secretos del Cónclave de Magos. Había dos posibilidades, la que creía todo el mundo, que los exiliados habían vuelto o bien que fuera gente de otro lugar. Pero la segunda posibilidad, la que ilusionaba a la muchacha, practicamente se podía descartar en el resto de la población.

- ¿Por qué lo harían? - susurró Eleanor - ¿por qué han vuelto?

Lorayn la escuchó, pero no estaba de acuerdo en lo que decía su profesora. Si nadie los había reconocido, ¿por qué iban a ser magos?. La muchedumbre seguía insultando a los prisioneros, otros se escondían de miedo por algún hechizo que se sacaran de la manga, pero todos estaban expectantes ante lo que ocurriría.

Los tambores suenan a un ritmo aún mayor. El juicio va a comenzar. Toda la gente se mantuvo en silencio. Lorayn vio a lo lejos a los tres hombres, uno albino, agarrado a una mujer muerta, otro de piel morena y barbas, y otro con el pelo largo. Se miraban entre ellos, con cara de terror.

Hubo una explosión. El ruido fue molesto para todos los oídos, el desorden se creó. A lo lejos de la plaza se veía una nube de humo y varias llamas. Todo el mundo corría, los gritos de "los magos buscan venganza" se extendieron por las calles.

- ¡Tengo que ir allí! - gritó Jonathan.

Eleanor asintió con la cabeza, mientras el joven se marchaba, en su función de Guardia.

- ¿Sabes que ocurre? - preguntó Eleanor a su profesora ante la confusión general.
- Eso... - Eleanor se paró, con miedo, intentando medir sus palabras para que nadie la escuchara - eso ha sido magia.

Lorayn abrió sus ojos como platos. ¿Magia?. ¿Cómo era posible?. ¿Realmente los magos han vuelto y están atacando Newope?.

- ¡Evacuad! - gritaban miembros de la Guardia - ¡tenemos un centenar de muertos!

- Lorayn, voy a marcharme al Cónclave - le susurró Eleanor - tengo que entender qué ha pasado. Tu actúa normal, huye, corre, haz algo, pero no llames la atención.
- De acuerdo.

La maga se fue, rápido, corriendo. Lorayn se encontraba sola y corrió hacia la Plaza Central, para encontrar un sitio en el que poder seguir mejor los acontencimientos. Ahora que la gente se movía, ella aprovecharía la ocasión de verlo todo en primer plano. Y lo consiguió.

Allí observó a los prisioneros, y no entendió sus rostros. Prácticamente no sabían que pasaba, sus caras de sorpresa eran todo un poema. La gente seguía gritando, con locura, con miedo:

- ¡Muerte a los Magos!
- ¡Vienen a vengarse!
- ¡Comienza otra guerra!

Lorayn empezaba a temblar. La sorpresa y la fascinación de todo lo que ha pasado ya menguaba, dejando paso al terror y el nerviosismo, ayudado por la histeria colectiva. Comenzó a pensar que era el final, que todo podría acabar ahora. Lloró de miedo, se tocó la cabeza. El sonido de todo lo que ocurría a su alrededor le mareaba. Agarró su sién con ambas manos y se colocó en posición fetal, esperando que todo pasara.

No podía hacer otra cosa: esperar.

Poco a poco, el ruido fue pasando. Los temblores de su cuerpo también. Sus lágrimas se agotaban, empezaba a volver a sentirse tranquila. Fue cuando sintió una mano en su espalda y se sobresaltó completamente. Era un Guardia de Newope.

- Niña, no te preocupes, todo ha pasado. - Le tranquilizó el Guardia. - Ha sido un Mago, se ha suicidado contra algunos ciudadanos, creando una explosión de fuego.
- ¿Un mago?, ¿de los exiliados? - preguntó la joven.
- No, no... - se lamentó el Guardia - ha sido uno de aquí.
- ¿Cómo? ¿Quién? - dijo sobresaltada, esperando que Jonathan estuviera bien.
- ¿Conoces a los herreros? - la chica asintió - pues Tobías, el hijo mediano de la familia. Vamos chica, todo está bajo control, hemos mejorado nuestras defensas. Dejanos a nosotros, la Guardia, solucionar ésto. Tú no temas.

Lo cierto es que el Guardia ayudó a tranquilizar a Lorayn. Las fuerzas de seguridad se multiplicaron, y voluntarios fueron a recoger los cuerpos de los fallecidos. ¿Tobías? Realmente la chica no lo conocía. Tampoco era extraño, pues sólo conocía a Eleanor y Jonathan, además de hablar con el Maestro. La confusión crecía por momentos.

Tambores de juicio de nuevo. Una voz llamó a la tranquilidad a los ciudadanos, y que el juicio se reanudaría, especialmente tras los últimos altercados.

Lorayn observó de nuevo a los prisioneros. Estaban cabizbajos, sin saber qué hacer. Sea lo que sea a ella no le parecían magos, el plan era ridículo. Pero el resto no pensaba eso. Los insultos de antes se han multiplicado varias veces. El juicio sólo prometía ser una transición hacia una temible condena.

lunes, 6 de abril de 2009

4. La Visita

- Tú intuición es un chiste, Víctor. - Un hombre de piel morena y barba, montado en un caballo de tez blanca, había roto el silencio con su comentario.

El grupo está compuesto por seis jinetes, y seis caballos más, algunos con víveres, otros con agua. El camino entre el desierto tiene a todos exhaustos. El calor es impropio para el grupo. Especialmente, uno de piel blanca, casi albino, sólo hacía sacudirse el sudor de su frente.

- Puede que Khalid lleve razón, Víctor - dijo el tipo de piel albina.
- Continuemos un poco más, dejad de quejaros. - habló por fin Víctor - Es imposible que no haya nadie en ésta región del mundo. La gloria depende de encontrar "algo".
- Venga Bujic - habló una mujer, mientras le cogía la mano al albino - yo también tengo un buen presentimiento sobre esto.
- Al menos podemos descansar y beber - se quejó Khalid.

Víctor, en clara posición de líder del grupo, asintió con la cabeza. Los seis jinetes se bajaron. El capitán, Khalid y otros dos hombres llevaban floretes colgados de sus cinturones. Por su complexión física parecían soldados. El hombre albino tenía un cuerpo rechoncho, casi divertido por su altura y su calvicie. Acompañado de la mujer, ambos dieron de comer a los caballos.

No son caballos normales. Su piel es blanca, sus patas delgadas. Cuando galopaban hace unos minutos su velocidad era muy alta. Una raza de caballos fantástica, con unas condiciones increíbles. Algo presumible, para aguantar a caballo pasando por un largo y eterno desierto.

Después de cubrir sus necesidades, retomaron el viaje. Cabalgaron un largo tiempo más, y el sol empezaba a caer, dejando a los jinetes y el resto de criaturas en una infinita oscuridad.

- Descansemos aquí. No vamos a cabalgar de nuevo en la oscuridad, no tiene sentido. - Khalid se seguía quejando. - Lo mejor que podemos hacer es dar marcha atrás y volver a casa.
- Víctor... - ahora era la mujer quién hablaba - puede que tenga razón.
- Oh, Marit - se quejó el líder - ¿tú también has perdido la Fe? - los miró a todos, que estaban cabizbajos - de acuerdo, vosotros ganáis. Pasaremos la noche aquí y al alba estaremos de vuelta.
- Esperad... ¡Esperad! - Bujic gritó - mirad allí.

Todos siguieron con la mirada el dedo índice del albino. Una luz. Una suave luz a lo lejos, en mitad del desierto.

- ¡Debe ser una ciudad! - exclamó contento Víctor - ¡Sí! ¡Sabía que alguien habría! Debemos estar a unas horas de camino en Mo, así que vamos.
- Estos Mos nos van a odiar - dijo Khalid acariciando al caballo, al que llamaban Mo genéricamente.

Avanzaron durante un par de horas, con los mo a toda velocidad. El pelo largo de Víctor dejaba completamente libre su frente tras avanzar con tanta rapidez. A lo lejos, se ven las enormes murallas de una gran ciudad.

- ¡Es enorme! - gritó Khalid.
- ¡Es una auténtica perla en el desierto! - comentó Marit.

La ciudad está rodeada de altas murallas. No se ve el interior de los edificios, pero si las luces de las viviendas reflejadas bajo la oscura noche. A cada ciertos metros había antorchas, ofreciendo a la gran urbe de piedra un color misterioso en pleno desierto.

Los jinetes avanzaron ahora más lento hacia las murallas. Realmente no se ve ninguna puerta en la ciudad. Marit encendió una antorcha para dejar claro que ellos están ahí. Comenzó a moverla haciendo círculos. No pasó nada. El silencio se adueñó de todo, aunque se siguen percibiendo ruidos en el interior de la ciudad.

- Quizás nos tenemos que acercar un poco más - comentó la mujer.
- Adelante, acerquémonos. - ordenó Víctor.
- ¡Aggh! - el grito era de uno de los soldados.
- ¡Maldita sea! ¡Nos atacan! - gritó Khalid - ¡flechas!

El soldado sacó la espada y empezó a esquivarlas. Víctor hizo lo mismo. Uno de los mo fue alcanzado y calló al suelo, el jinete que estaba en él era Bujic.

- ¡Bujic! - gritó Marit, bajándose de su montura.

La mujer corrió para agarrar a su marido. Mientras, la lluvia de flechas era cada vez más intensa.

- ¡Tenemos dos bajas Víctor! - gritó Khalid.

El capitán miró atrás y vio que sus dos soldados habían muerto, impactados directamente en la cabeza y el corazón, respectivamente. El líder esquivó algunas flechas más, cuando pudo distinguir figuras que se deslizaban por la muralla con cuerdas. Eran guerreros rivales.

- ¡Venimos en paz! ¡Deteneos! - gritó Víctor, mientras las siluetas se acercaban más.

- Marit, cariño... estoy bien, estoy a salvo - susurraba Bujic mientras abrazaba a su inmóvil mujer - cariño...

El rostro de terror del albino se formó antes de poder confirmarlo. Al separar las manos de la espalda de su mujer, observó sus blancos brazos manchados de sangre. Soltó a su esposa y distinguió una herida de flecha que había impactado en su cuello. Toda su espalda chorreaba de sangre.

- ¡No! - el grito de Bujic rebotó en las murallas. Un grito que llegó a silenciar la batalla.
- ¡Maldita sea! - se quejó Khalid, que corrió para ayudar a su compañero, aún gritando y en trance.

Víctor notó que ya no caían mas flechas. Miró atrás de nuevo y distinguió a Bujic gritando y llorando, con el cuerpo de Marit, su esposa, agarrado junto a él. Un cuerpo inmóvil manchado de sangre. Miró al frente y detectó un puñado de soldados enemigos que se acercaban corriendo. Agarró fuerte su espada y se lanzó contra ellos.

- ¡Desgraciados!

No tuvo opción a pelear. Le golpearon la cabeza y cayó desmayado. El resto de guerreros del desierto, mucho mayor en número por momentos, se acercó a los otros dos supervivientes, que no ofrecieron resistencia. También tomaron los mo.

- Eh, grandullón, suéltala - dijo un soldado enemigo.
- Déjame - Bujic la agarró con mas fuerza, mientras lloraba e intentaba protegerla - Ella merece un entierro...
- ¿Entierro? ¿Qué diablos dices? - le recriminó sorprendido el enemigo.
- Vamos, déjalo - otro soldado intervino - que haga lo que quiera, la cargará él. Depués de todo, será El Decreto quién decida.
- Pero éstos Magos... - replicó el primero.
- Os estáis equivocando - intervino Khalid - Venimos del Reino de Astrid, al norte, tras el mar...
- ¿Estás loco? - el soldado se reía - sí, está completamente loco...
- ¡Maldito seas! - Amenazó Khalid - ¡te arrancaré la cabeza un día!

El otro soldado golpeó la cabeza de Khalid también, desmayándolo.

viernes, 3 de abril de 2009

3. Aprendiz

Fuera de la panadería, Lorayn pudo distinguir a Eleanor, apoyada en un muro esperando que finalice su jornada para comenzar el entrenamiento. La novata estaba completamente nerviosa, había tenido un día de espanto: tirando muebles, tropezándose, sin prestar demasiada atención al resto del mundo... todos sus sentidos estaban puestos en lo que sería su primera clase. Su torpeza durante el día hizo que sintiera miedo por cometer algún error que podría arrastrar a su amigo Jonathan. El terror de hacerlo sufrir era lo único que le aportaba autocontrol.

Llegó la hora. Recogió sus cosas y salió a la calle para encontrarse con su tutora mágica. Ya desde lejos, Eleanor le hizo señas con las manos de que se acercara, y sin mediar palabra, avanzaron a lo largo de las calles de Newope. Se detuvieron en una casa, precisamente la vivienda de la profesora. Ésta abrió la puerta e invitó a pasar a Lorayn.

Era extraño para la joven. El Decreto dictamina que una mujer de la edad de Eleanor, en torno a los veintidos o veintitrés años, debía estar casada. Pero la casa parecía solitaria, silenciosa. No había rastro de que hubiera ninguna otra persona. Incluso parecía que sobraban varios metros de espacio innecesario para una sóla persona.

- Siéntate - dijo Eleanor ofreciéndole una silla a la joven. - Bien, espero que seas buena alumna y terminemos ésto lo antes posible. ¿Te contó Jonathan algo referente a la magia?
- No - la chica se encogió de hombros - realmente no sé nada.
- Vaya - se lamentó - parece que esto irá para largo. Está bien, empecemos por el origen conocido de la Magia.

Lorayn abrió los ojos como platos y agudizó todos sus sentidos, expectante de tener toda la información necesaria. Eleanor se mantuvo en pie, echó su pelo hacia atrás, acarició su sien, se tocó la barbilla. Parecía pensar una estrategia para contarle de la manera más fácil todo a su alumna.

- Tenemos datos de la magia - se atrevió a decir - desde hace sólo unos treinta años. Lo descubrió un hombre excepcional, pues de su concentración sacó el primer hechizo, el más básico: crear un chispazo de luz. En realidad, éste hombre no llegó a mucho más, pero ya tenía la mecha para sacar un nuevo arte. La siguiente generación de jóvenes fue entrenada por el propio gobierno de Newope, entre ellos tu hermano. Dedicaron toda su infancia a manipular la energía.
- ¿Manipular la energía? - la mueca de Lorayn era de perderse un poco.
- Si. La magia no es otra cosa que transformar la energía. De ahí depende el tipo de energía que usemos: nuestro esfuerzo, la de un objeto que la condense, la naturaleza, la de otra persona... o incluso nuestra salud.
- ¿La salud? - se sorprendió la joven - ¿Quieres decir que hay magia que puede herir?
- Sí, tal cual. Y fue el comienzo de la base del problema mágico en Newope. - Eleanor cerró los ojos, agachó un poco la cabeza, recordando. - Muchos magos fallecieron por no saber utilizar bien la energía. Conseguían algo y posteriormente morían. Las tendencias de El Decreto estaban en pleno apogeo, especialmente por quienes creían que la magia era el gran mal de todo. Esas muertes dieron su fundamento.
- Vaya... así que la magia es peligrosa.
- No, no. Todo es peligroso. Tú misma te puedes quemar en el horno si no sabes utilizarlo. - Eleanor levantó la cabeza, miró al techo, perdiendo su mirada - el problema fue cuando la magia no estaba disponible para todas las personas. Eso hacía que gente con "poder" tuviera que enfrentarse a gente corriente. El resto es envidia, problemas, idealismos, y traiciones. Como ya sabrás, porque viviste la Guerra de pequeña, finalmente los magos se marcharon.
- Pero tú sigues aquí... como el Maestro.
- Yo también era joven, sólo fui una espectadora. Si pudiera marcharme, lo haría.
- Pero, ¿y El Maestro? - preguntó Lorayn.
- Él... - Eleanor dio un golpe en la mesa - no preguntes. Las reglas las pongo yo. - Lorayn se sobresaltó. - Vamos a intentar hacer el hechizo básico.

La mujer juntó sus manos, cerró sus ojos. Lorayn estaba expectante ante lo que ocurriría. Y ocurrió. Una luz azulada salió de las manos de Eleanor. Era cálida, iluminó tenuemente toda la habitación. La joven sonreía, fascinada, hacía tiempo que no veía la magia.

- Como ves, es azulada. - explicó la tutora - El color de la luz que desprendemos define nuestro tipo de magia. El azulado es la mía, la magia de sanación.
- ¡Vaya! ¡Puedes curar a la gente!
- Déjame terminar - recriminó - la energía que he utilizado está en mi esfuerzo. Al hacerlo me canso levemente, si abuso de ésto es como si corriera durante horas. Hacer un hechizo es como sprintar.
- ¿No es eso la salud?
- No. Intenta distinguir entre salud y esfuerzo. Con el esfuerzo me puedo desmayar, pero tras un tiempo me recuperaré. Con la salud puedo enfermar e incluso morir si me sobre expongo.
- Entonces el secreto es no usar nunca la salud...
- No es tan fácil. La energía más sencilla de manipular es la vital, la de nuestra salud. Lo siguiente es la energía de otros objetos o personas. El nivel superior es el esfuerzo, la que he usado. Y lo más poderoso, por ser una fuente casi ilimitada es la natural, pero está al alcance de muy pocos.

Eleanor cogió una mano de Lorayn y cerró los ojos. La joven pudo sentir un hormigueo por todo su cuerpo, como corría sus poros, su sangre, como lo exhalaba en cada aliento. Una sensación nueva que le provocaba tensión.

- Eso es la energía. Te la estoy transmitiendo directamente a tí - explicó Eleanor - la sientes, ¿verdad?
- Si... - dijo fascinada la aprendiz.
- Ahora que la has sentido, que tu cuerpo sabe que puede tenerla, te queda manipularla. Debes concentrarte, relajarte, sentir la energía que te envío por todo tu cuerpo. Condensarla en tus extremidades y sacarla de golpe por la palma de tu mano. Entonces conseguirás emitir luz.
- Entiendo.

Lorayn cerró los ojos. Se concentró tanto como pudo. Sintió la energía de Eleanor por su piel, un cosquilleo que le llegaba a provocar dolor de cabeza. Intentó sacarla de golpe. Nada.

- No es fácil. Es tu primer día. - dijo la tutora - Debes irte, mañana más.

Dos semanas más tarde, como cada tarde, Lorayn y Eleanor se reunían para aprender magia. El intento se volvía a producir, pero aún no consiguió nada.

- Estoy perdiendo la Fe - se lamentó Eleanor.
- Se que puedo, estoy mejorando... - dijo agotada Lorayn.
- No has hecho progresos, quizás no valgas para ésto. Estoy dispuesta a decirle al Maestro que no eres válida para la magia.
- ¡No! - se defendió la joven - sólo llevo dos semanas... ¿cuánto tardaste tú?
- Dos días. - Lorayn entristeció su rostro - Los más torpes cinco días. Tú casi triplicas el tiempo y no consigues nada. Puede que simplemente no valgas.

Lorayn apretó sus puños. Quería luchar contra su impotencia de no controlar la energía.

- Dame un día más, por favor...
- Será complicado Lorayn. No progresas nada.

Un golpe se escuchó en la puerta de la casa.
- ¡Abrid! - una voz masculina gritaba desde fuera.
- Rápido, Lorayn, escóndete en el piso de arriba - le susurró Eleanor - no deben descubrirte.

La joven corrió y Eleanor se fue a la puerta. La abrió tras los insistentes golpes. Se trataba de Jonathan.
- ¿Qué ocurre? - incriminó la propietaria de la casa.
- Han cogido a unos cuantos... - dijo el chico.
- ¿Qué?
- Han cogido a varios forasteros en las afueras.
- ¿Forasteros? ¿Magos? - preguntó sorprendida Eleanor. El joven asintió con la cabeza.

Lorayn bajó rápido las escaleras, sorprendida por la noticia.
- ¿Dracken?

El rostro de Jonathan era de terror.

jueves, 2 de abril de 2009

2. El Cónclave

Por una vez, desde hace mucho tiempo, no ha sido un día normal para Lorayn. Esta mañana se levantó rápido, se preparó y se marchó al trabajo más alegre de lo habitual. La noticia que recibió de madrugada de Jonathan era culpable de su buen humor. Su madrastra le preguntó por aquella desconocida sonrisa, pero la joven salió rápido a trabajar, casi sin cruzar palabra con nadie. Tenía la mente puesta en todo lo que sucedería a partir de ahora.

La Magia. Eso era lo que tenía al alcance de la mano. Un nexo con su hermano, donde quiera que esté. En Newope hay un grupo de magia clandestino. Es un murmullo en toda la ciudad, pero no hay pruebas. Lorayn si tenía consciencia de ello, pues Jonathan pertenecía a ese selecto grupo: trabaja en la Guardia y en las sombras es un Mago más. Una doble vida que debían aceptar todos los que quieran aprender ese arte.

Lorayn pasaba las horas del trabajo pensando en qué conocería, en qué podría hacer, en como se divertiría creando luces, haciendo desaparecer su cuerpo, o curar heridas sólo con pasar sus manos. Todo eso se lo vió hacer a Dracken y lo tiene guardado en su memoria. Su hermano era considerado el mejor mago de Newope, o eso recuerda ella.

Al fin terminó la jornada en la panadería, y al salir, allí estaba Jonathan esperándola.

- Simplemente, no hables, sígueme - le indicó el muchacho. Ella asintió con la cabeza.

Llegaron a los Pasajes Bajos. Es una zona casi destruída por el paso del tiempo, adornada con escombros y grietas. Ni los pocos ladrones que escapaban de la Guardia iban hacia allí, porque allí no había "nada" para ningún habitante de Newope. Jonathan le mostró una cinta, y le pidió que se tapara los ojos.

- El camino es secreto hasta que el Maestro te acepte.

La joven asintió sin problemas, bastante excitada ante su nueva experiencia. En cierto modo tenía miedo, pero se sentía segura con su compañero. Tapó sus ojos y agarró el brazo del chico. Caminó. Caminó bastante. Llegó a sentirse mareada al perder la visión durante tanto tiempo, pero el esfuerzo merecía la pena: los secretos de Newope se abrirían ante ella.

- Ya puedes quitarte la cinta, Lorayn - susurró Jonathan.

Le llevó un tiempo poder ver con claridad, dificultad añadida que se encontraba en una zona subterránea, iluminada sólo con algunas antorchas. Cuando al fin pudo ver, distinguió unas figuras encapuchadas delante suya. No les veía el rostro, aunque distinguía distintos colores en cada uno de los ropajes. Todas estaban de pie, excepto una, sentada en una adornada silla. En ambos lados de la caverna había una estantería enorme, con cientos de libros. Delante del tipo que estaba sentado, una mesa, lo bastante grande como para compartir comida con una docena de personas.

- Ésta es, Maestro. - Dijo Jonathan en voz alta, dirigiéndose a la figura sentada.
- Ya veo, es ella. - La voz es de un hombre, mayor. Temblaba al hablar, y a Lorayn le produjo un pequeño escalofrío escucharlo. La situación empezaba a darle miedo, ese miedo a lo desconocido que todos tenemos. Lorayn agarró sus brazos y se estremeció un poco. - No te preocupes, Lorayn. Estás aquí mas segura que al aire libre. Aquí puedes elegir... - la chica se tranquilizó, la capacidad de elegir era algo bendito en ésta desértica tierra.
- Ho... hola a todos - dijo timidamente Lorayn, intentando ser educada.
- ¿Por qué quieres unirte a nosotros? - preguntó el Maestro.
- Yo... nece...sito... - la voz le temblaba.
- Maestro, ella tiene nuestras mismas ambiciones - interrumpió Jonathan, intentando sacar del apuro a su amiga.
- Mantén silencio joven mago. - le incriminó el Maestro - deja que ella lo haga por sí sola.

Silencio. Al menos unos segundos que parecían eternos. Lorayn miró a Jonathan y éste sudaba, estaba tenso. No todo parecía ir bien. Pero sólo tenía que hablar, no sería tan complicado, no sería tan arriesgado. O sí. Decir las palabras equivocadas podría serlo.

- Sólo se sincera - comentó el viejo.
- Yo, Lorayn - se presentó la chica, con más valor - Necesito encontrar la magia. Es lo único que me une a mi hermano. Es lo único que me puede hacer escapar de éste mundo. Es lo único que puede enriquecer mi vida.
- Magnífico - susurró el Maestro - Realmente magnífico. - y se levantó.

Se acercó, como si estuviera flotando, a donde estaba la chica. El resto de encapuchados miraba. Jonathan suspiraba. El líder del Cónclave de Magos puso su mano sobre el hombro de la muchacha.

- Tu hermano - suspiró - un auténtico genio. Demostró no sólo tener un dominio excepcional de la Magia, mucho más amplio de lo que alguno de nosotros pudiera hacer hoy día, si no que también luchó por mejorar ésta ciudad. Tu hermano es un referente para nosotros. Desde pequeño tenía el brillo en los ojos que he visto en tí cuando te presentabas. - quitó la mano del hombro de Lorayn - No sabemos si tu hermano está muerto o no. Y... - se silenció unos segundos - tampoco admitimos a nadie más en el Cónclave.
- ¡¿Cómo?! - se sorprendió Jonathan - ¡no es posible Maestro!
- ¡Te dije que guardaras silencio! - la voz fue amenazante esta vez - ya haces demasiado jugándote la vida por que ella esté aquí.
- ¿La vida? - Lorayn miró a Jonathan buscando una respuesta.
- Sí, la vida - respondió el Maestro - si alguien te descubre aquí, si cometes un movimiento en falso, te mataremos. - La chica se estremeció. - Pero también le mataremos a él por traerte aquí.

Lorayn empezó a sentir miedo. Pensó que todo fue una mala idea. Cerró los ojos, apretó los puños y dejó caer una lágrima.
- Lo siento... lo siento... - sollozaba la chica - yo... no sabía que fuera...
- Haría cualquier cosa por ti - le susurró Jonathan.
- Pero...

El Maestro se giró, avanzó hasta uno de los encapuchados que había y le pidió en gestos que mostrara el rostro. Su semejante lo hizo. Era un rostro de mujer, joven, pero no adolescente. Una mujer en su mejor etapa. El Maestro la acompañó hasta Lorayn.

- Haremos una excepción contigo, Lorayn - dijo el viejo. - Entrarás en el Cónclave, pero serás tutelada por Eleanor - lo dijo señalando a la mujer - es de las mejores que tenemos, será una buena profesora.
- Gra... gracias - dijo Lorayn con ojos como platos, sorprendida por la decisión.
- Deberás entrenar con ella cada día. Será quién te explique los fundamentos de la magia. Pero no volverás aquí hasta que ella quiera. La obedecerás. - Lorayn asentía con la cabeza - Y cuando Eleanor te considere preparada, podrás unirte a nosotros.

Lorayn, con una sonrisa de oreja a oreja, extendió su mano hacia su profesora. Estaba feliz, había conseguido algo que siempre había soñado.

- No me des la mano - replicó Eleanor - Haré esto por petición del Maestro, y lo haré de la mejor forma posible. - Lorayn puso cara de sorpresa, pero esta vez no feliz, si no asustada ante el ímpetu de la mujer. - No me busques nunca, yo te encontraré cuando sea necesario.
- Bien, eso es todo - comentó el Maestro - buena suerte Lorayn.
- Maestro... - interrumpió Jonathan en un tono muy suave - Gracias.

Lorayn estaba de piedra, no sabía como reaccionar, demasiadas emociones en poco tiempo, demasiados altibajos. Sintió como Jonathan le cogía la mano y avanzaron hacia fuera de la sala. El chico le volvió a dar la cinta para sus ojos y ella se lo puso.

Caminar. Caminar. Y de pronto, estaban fuera.

- Ya es de noche - le dijo Jonathan - debes ir rápido a casa, no sea que tu padre sospeche algo.
- No es mi padre... - se quejó la joven - Jonathan... no tenías por qué arriesgar tanto por mi, no lo merezco.

El chico sólo sonrió. Ella lo abrazó, llegando a sentir el corazón disparado del Guardia. Él la agarró fuerte, apretándola con su pecho. Tras unos segundos, se soltaron, cruzando los dedos de sus manos. Lorayn se quedó seria, cabizbaja, sin saber qué hacer. Sintió que él le tocaba el pelo.

- Símplemente vete - y Jonathan besó su frente.

miércoles, 1 de abril de 2009

1. Éste es mi mundo

Los tambores suenan como cada mañana. La luz del sol empieza a entrar sigilosa por la habitación de arriba. El ritmo de los golpes de percusión es cada vez más veloz. Es el momento de levantarse, es el momento en el que Newope, abre sus ojos como cada día.

Lorayn es una chica joven, diecisiete años. Arruga sus ojos cuando la luz del sol ya roza sus mejillas. Le cuesta mostrar su verdoso iris por la mañana, y no por falta de sueño, sean del tipo que sean: ella no está cansada fisicamente, se podría simplemente levantar y marchar a su trabajo, pero ella está muy agotada mentalmente. Al menos, cuando duerme, ve manchas borrosas de su niñez, de cuando su hermano le contaba historias fantásticas o le hacía sonreír. Abrir los ojos era perder la poca felicidad que tenía. Pero debía hacerlo, así estaba establecido.

Se levantó lentamente de la cama. Sus cabellos rizados y castaños caían sobre sus hombros. Si alguien mirara por la ventana, descubriría a una joven hermosa y sencilla, con el sol iluminando su rostro, pero perdido en la oscuridad de lo duro que era hacer una mueca agradable.

Pasado un rato, Lorayn estaba completamente lista. Se colocó delante de un pequeñito espejo y tocó su cuello. Se podía ver un collar, con tonos grisáceos y plateados. El colgante era una especie de piedrecita oscura con un símbolo tallado: el símbolo de la Magia. Ella lo acaricia, es lo único que le queda de su hermano.

- ¡Lorayn cuando piensas bajar!

La voz la puso nerviosa, escondió el collar bien entre sus ropajes y se dispuso a bajar las escaleras de madera. Tenía el semblante serio, tranquilo. Por dentro sentía odio y miedo. Los que estaban abajo no son su familia, pero debía llamarlos padres. Después de que su hermano se marchara, El Decreto de Newope confirmó a Grendel y Berta como sus tutores, sus padrastros.

- ¡Estúpida niña! - gritaba Grendel, bastante enfadado. Se acercó a ella y la agarró por el cuello. - ¡Todos los malditos días igual! ¡Siempre tienes que manchar esta familia con tu actitud!

- Lo... lo sien... - Lorayn tenia miedo, pero no podía hacer otra cosa.

El hombre, de unos sesenta años, la cogió ahora por los hombros y la lanzó contra el suelo, en dirección a la puerta.

- ¡Hoy no desayunarás aquí! - Se acercó señalándola, en un tono muy amenazante, ignorando si le había provocado daño con la caída - ¡Estoy harto! ¡harto! ¡maldito demonio! ¡Hoy no voy a recibir quejas porque llegas tarde! ¡Sal ya!

Lorayn se levantó, con los labios temblando. Disimuló las lágrimas que querían lanzar sus ojos, asintió con la cabeza y se marchó de casa.

Newope es una ciudad enorme. Rodeada de desierto por todos sus costados, la ciudad está protegida por una enorme muralla circular. "El Decreto" es la ley que mueve a la ciudad. Todo está basado en esos escritos, y no hay posibilidades de negarse. Por eso Lorayn tiene los tutores que tiene. Además, nada se deja al azar en Newope: los trabajos, los matrimonios, el número de hijos máximo... todo está recogido en El Decreto.

La historia de Newope consta de más de dos mil años. En el desierto, antes había tribus y clanes separadas. Decidieron unirse y edificaron la gran ciudad de piedra. Las murallas tienen más de cuarenta metros de alto. Nunca nadie llegó a Newope, y casi nadie salió de ella. Para un habitante de esta ciudad-estado, no hay nada más de lo que conoce.

Mientras Lorayn camina a su trabajo, que es en una panadería, agarra fuerte su collar. A ella le gusta llamarlo amuleto. Pero lo hace por miedo. En Newope la magia está prohibida, especialmente tras la última Guerra Civil, hace diez años. Los nuevos ideales de un grupo de magos se enfrentaron a los conservadores de El Decreto. La guerra duró tres largos años, y fueron muchos los que murieron. Casi todas las familias contaban con alguna baja. El poder de los magos los hacía demasiado peligrosos, pero en número eran muy inferiores a las tropas de El Decreto de Newope.

Dracken era el hermano de Lorayn y uno de los líderes de aquellos magos. Se habla de él como un demonio, un asesino. Aunque la joven no lo cree, ya que todo lo que tiene son buenos recuerdos de él, de un hermano mayor que la cuidaba. Simplemente, el hecho de ser hermana de quién es, justifica la relación que tiene con sus tutores.

El control de seguridad en Newope es descomunal, y la política del miedo de El Decreto funciona en los últimos años.

Lorayn pasa el resto del día en la panadería, donde también come. Podría volver a casa, pero no le apetece. Casi no habla con sus compañeros, ya que todos la tienen muy mal vista por los actos de su hermano. Hasta que el cielo no se enrojece, la jornada laboral no acaba. Es obligación de todos los habitantes trabajar, castigándose con prisión al que no lo haga.

Mientras vuelve a su casa, Lorayn se encuentra con una de las pocas personas que se alegra de ver.

- Buenas tardes, señorita - dijo el joven guardia.
- Hola, Jonathan - le respondió la chica con simpatía.

Jonathan pertenece a la Guardia. Es unos años mayor que Lorayn, y en el pasado fue amigo de su hermano. Él siempre la intentó cuidar, le cuenta historias sobre algunos hechos "heróicos" de Dracken y la trata con muchísima dulzura. Es un chico encantador, quizás el único amigo que tiene en todo Newope.

- Dime que me traes buenas noticias - susurró Lorayn, aunque sin demasiada fe en sus palabras.
- Lo siento... lo intento... - el joven se excusó - pero... no es fácil. No pueden admitir a cualquiera...
- ¿Cualquiera? Jonathan... tampoco soy cualquiera para sufrir, y lo sufro. - Lorayn agachó la cabeza y refregó sus manos en sus ojos.
- Espera - el chico la agarró por el brazo - hoy voy a volver a verlos, cree en mi, por favor.
- Si... - Lorayn le sonrió - si no creo en tí, ¿en qué me queda creer?

Jonathan sonrió al mismo tiempo que sus ojos brillaban. Le agarró la mano fuerte a la joven, como si se pudiera leer en el gesto un "Confía en mi, lo conseguiré". Después el guardia se despidió y siguió con su trabajo.

Lorayn volvía a casa, ya de noche. Cada vez que abría la puerta, sus manos temblaban. Se mantuvo en silencio, se sentó junto a sus tutores y probó la comida. Una sopa fría. No tenía derecho a quejarse, no debía hacerlo. Sólo probó dos sorbos y se marchó de nuevo arriba, a su cuarto.

Volver a dormir. Y sabiendo que mañana será más de lo mismo. Silencios, trabajar, dormir. Agarró su amuleto, se metió en la cama y pensó en voz alta "Éste es mi mundo". A la vez que cerraba los ojos para transportarse al mundo de los sueños abstractos del que no quería despertar.

(...)

Toc, toc.

Toc, toc.

Toc, toc, toc. El ruido sonaba en la ventana de Lorayn. Se levantó adormilada y miró. Allí estaba Jonathan, subido en un árbol y llamando con la empuñadora de su espada. Abrió la ventana sin hacer ruido.

- Es muy tarde Jonathan, si te ven aquí...
- Lo he conseguido. - El rostro de Lorayn se iluminó. - Mañana por la noche, cuando salgas del trabajo, te esperaré.