7. El Amuleto
La Plaza Central estaba prácticamente vacía. Como casi todos los habitantes de Newope, Lorayn andaba hacia su casa, para poner punto y final a un día que había sido demasiado largo. Atormentada durante el trayecto por miles de pensamientos, decidió vaciarlo todo, dejar pasar un tiempo, y reflexionar en el futuro sobre todo lo acontencido.
La puerta de madera de su casa se encontraba un poco abierta, se podían ver las luces de las velas del interior de la vivienda por la calle. A la joven le extrañó todo ésto, y silenciosamente, entró en su hogar, con la precaución de lo que podía encontrarse. Allí estaba su padre, apoyado en la mesa, cubriéndose el rostro y llorando.
- ¿Qué ocurre? - preguntó la joven, con cierta intriga, mientras ponía la mano sobre la espalda de su padrastro.
- ¡Maldita!
El hombre se levantó bruscamente, y abofeteó a la muchacha. Posteriormente la empujó con fuerza contra una pared. La chica cayó al suelo mientras le sangraba la nariz del golpe recibido. No pudo aguantar a que el dolor le invadiera cuando su desesperación se convirtieron en lágrimas. El rostro de Grendel era de un loco, con los ojos y boca desencajados, mirando a su hijastra con un odio percibible en cada poro de su piel.
- ¡Maldita niña del diablo! - gritaba y lloraba el hombre - ¡Tú le has hecho eso a Berta! ¡Tú!
En su estado de ira, el hombre comenzó a patalear sobre la joven, mientras ella se defendía, aguantando los golpes, con tanto miedo que no podía reaccionar.
- ¡Déjala Grendel! - Era la voz de Jonathan, que había desenfundado su espada, amenazando al viejo, que detuvo la paliza a la chica - ¡Ella no tiene culpa de nada! ¡De nada!
- Si, la tiene, la tiene, la tiene... - repetía con locura el hombre, retirándose ante la amenaza del Guardia. - la tiene, lo sé, lo sé...
Jonathan llamó a un par de colegas suyos de la Guardia para que custodiaran al agresor, mientras él le ofrecía la mano a una Lorayn que temblaba después de todo ésto. La intentó consolar, y la acompañó a su habitación. La chica estaba en estado de shock, completamente perdida, sin decir nada, con varios golpes en el cuerpo y las ropas llenas de sangre.
- Debes de perdonarlo, Lorayn... - susurró Jonathan. La chica lo miraba, sin saber qué decir, sin comprender nada. El joven detectó que ella sentía odio en ése momento, y la comprendía. - Por muy difícil que te parezca, debes perdonarlo. Berta ha muerto en el atentado mágico. - Lorayn empezó a llorar ahora, con un gesto de sufrimiento capaz de atormentar a quién lo viera. - Él... cree que tienes implicación con la magia, por lo de tu hermano - continuó Jonathan - lo supuse, perdóname, debería haber llegado un poco antes. - El chico cogió la mano de Lorayn fuerte.
- Mátalo, ¡mátalo! - gritaba entre gritos la joven, mientras sus lágrimas se mezclaban con el rojizo color de su sangre.
- Cálmate, de verdad, tranquila, te comprendo. Si pudiera, yo mismo le daría una paliza a ese viejo loco, pero al ser tu tutor legal, El Decreto dice que...
- ¡Odio el Decreto! - gritó Lorayn - ¡odio esta maldita ciudad!
- ¡Lorayn escúchame! - le gritó mas firme Jonathan - ¡Sé lo mal que lo estás pasando! Pero odiarlo no es la solución. Están pasando muchas cosas de golpe, la ciudad entera se siente como tú te sientes. - la chica dejó de llorar, tranquilizándose un poco - Lorayn... - bajó la voz, para que nadie les escuchara - el Cónclave está investigando todo, sé que es duro pero... intenta aguantar, al menos un tiempo.
- Sácame de aquí, Jonathan, por favor... - le suplicó la chica.
- Lo siento, no puedo ahora mismo. - el joven bajó la cabeza - pero cuando toda esta locura acabe, podrías venir a vivir conmigo, podría pedir tu mano...
Los dos se miraron. La propuesta era arriesgada, el matrimonio, formar una familia. Lorayn conocía las intenciones de Jonathan desde hace bastante tiempo, pero ella no sentía lo mismo. En el peor caso, quizás sus sentimientos no tuvieran valor en Newope, y la muchacha lo sabía. Aunque no sentía ese chispazo que los cuentos llamaban amor, quizás era el hombre ideal para ella. Podría salvarla, podría darle todo lo que ella necesita.
- Jonathan... - le acarició la cara - es posible... es posi...
- Shhh... - el joven le hizo un gesto de silencio, pero no disimuló su pequeña sonrisa - Tengo que volver abajo. Aguanta un tiempo, ¿vale?. Me llevaré a Grendel para tranquilizarlo un poco, duerme, descansa... y mañana hablamos todo, ¿de acuerdo?
La joven asintió. Jonathan hizo su habitual gesto de despedida, dándole un beso en la frente. Cuando el muchacho se fue, la chica rompió a llorar de nuevo. Pensó en todo ésto como supervivencia, pero posiblemente él no sería el hombre con el que se casara en condiciones normales. Se sentía fatal por darle ilusiones cuando sólo buscaba sobrevivir.
Sobrevivir en una ciudad que odiaba, que poco a poco le quitaba la vida. Cuya mejor salida era engañar a un hombre que la amaba con un amor que no le correspondía. Una ciudad donde el enemigo se esconde en cada casa, y dónde debe callar todo lo que siente por miedo al tribunal. Quizás nada tenía sentido para Lorayn ya. Quizás había una forma de escapar y estaba en sus manos.
La alocada idea de huír de todo, de una vida predefinida, le espantaba por momentos. Quizás la esperanza fuera algo tan leve, que no merecía el mínimo interés. Enfrascada en sus más amargos pensamientos, la chica cogió el collar de su hermano. El "Amuleto", como lo solía llamar él. Lo agarró fuerte con ambas manos.
"Que habrías hecho tú, Dracken", decían los pensamientos de Lorayn, "¿Qué debo esperar? Todo lo que tú conseguiste fue huír... pero yo no puedo huír. Estoy encerrada en esta enorme prisión y no quiero morir haciendo sentir culpable a Jonathan, haciéndole daño. Tengo miedo Dracken. Y estoy dispuesta a saltar, para terminar con todo, para decir adiós a este sufrimiento, a esta agonía".
- ¡Lo sabía!
La voz de Grendel irrumpió en la habitación. El viejo loco corrió hacia la joven, que abrió los ojos con terror, observando como se acercaba con el puño en alto.
"Quizás éste sea mi fin. No lucharé, sólo dejaré que ocurra. Quizás sea él, el hombre que más odio, el que irónicamente me salve de todo. Acaba conmigo". Susurraba el inconsciente de Lorayn, esperando mientras cerraba los ojos, haciendo que el momento fuera lo menos doloroso posible.
- ¡Sabía que tenías algo que ver con la Magia! ¡Tienes ese jodido collar del desgraciado de tu hermano!
El hombre, completamente fuera de sí, alcanzó a la joven, la agarró por el cuello con una mano, y con la otra preparaba un puñetazo lleno de ira. Ella sentía el golpe cada vez más cerca, sólo faltaba que impactara el puño y dejara sacar todo su odio contra ella.
Una enorme luz rojiza salió del Amuleto.
Los gritos de dolor estaban en la habitación de Lorayn, pero no era ella quién gritaba. Abrió los ojos de nuevo y vió a Grendel en el suelo, con un símbolo en la frente. El mismo símbolo que adornaba el Amuleto que le regaló Dracken.
- ¡Qué diablos! - unos Guardias entraron en la habitación tras escuchar todos los gritos.
- ¡Eso es Magia! - gritó uno de ellos.
Lorayn se puso en pie. Pudo ver, en el suelo tirado, sufrir un gran dolor a Grendel. El hombre no podía dejar de moverse y gritar. La chica sonrió levemente, por algún motivo se sentía feliz. Le daba igual que la hubieran cogido, ya había tenido parte de su venganza.
- Muchacha... ¡quedas arrestrada por traición a Newope! - le gritó un Guardia mientras ataba sus manos.
El otro Guardia le quitó el Amuleto. Amenazada a punta de espada, la joven debería pasar la noche en calabozo hasta su juicio.







1 opiniones :
Madre mia, miedo me das, ahora ella pasa la noche en el calabozo, donde están los forasteros.
Publicar un comentario