lunes, 13 de abril de 2009

8. Confesiones en las celdas

- ¡Ésta es tu celda y no hagas tonterías!

El Guardia empujó a Lorayn hacia la celda, chocando ésta sobre las rocosas paredes. Casi sin luz, sólo un pequeño orificio permitía ver el oscuro cielo en la noche. Los barrotes eran gruesos, y en el resto de la habitación no había nada más. Ni una cama. El pasillo lo adornaban restos humanos, en un tétrico paisaje. A pesar de todo, ella no lloró. Esta vez no. Desde hacía un rato había esperado su muerte como única salida, pero el Amuleto la salvó. Sin saber como, ni por qué, aquel collar le salvó de ese viejo loco de Grendel. Quizás era una segunda oportunidad. O quizás el destino sólo quería que sufriese más.

Pasó un tiempo, y unos gritos al fondo llamaron la atención de la muchacha. Se acercó a los barrotes, para intentar ver algo. Frente a ella pasó uno de los visitantes, con el torso desnudo y el cuerpo completamente ensangrentado. No había dudas de que había sido torturado. Pasaba cabizbajo, pero a Lorayn le sorprendió la irónica sonrisa que tenía. Se trataba del hombre de pelo moreno y largo. Custodiado por dos guardias, tras sus pasos estaba Jamica.

Jamica era la torturadora de Newope. Casi todos hablaban de ella, pero pocos la conocían. Su piel pálida de estar en los calabozos, y su cuerpo fornido y lleno de cicatrices, vestida con una malla adornada con acabados punzantes, eran realmente aterradores. La presa vio un látigo en su mano, y dos espadas colgado de su cintura. Durante un segundo las miradas se cruzaron, fue efímero, pero un escalofrío recorrió el cuerpo de la joven al pensar que podrían torturarla a ella.

Sintió que en la celda de al lado metían al preso, casi a golpes, y cerraban los barrotes. Lorayn se echó hacia atrás, asustada. Estaba dispuesta a darse porrazos en la cabeza hasta perder la consciencia, porque cualquier cosa sería mejor que sufrir las torturas de esa mujer. Cuando iba a hacerlo, fueron los barrotes de su celda los que se abrieron. Sin mirar atrás, decidió darse el golpe con fuerza, antes de que Jamica se cebara con ella.

- ¡Detente! - la voz familiar de Jonathan sonó al mismo tiempo que detuvo a la joven. - ¡¿Qué haces?! ¡Estás loca! ¡Vamos a tener que encadenarte!

Con un gesto, Jonathan llamó a otro par de Guardias, que pusieron cadenas en las manos de la joven y luego las clavaron con fuerza con el rocoso suelo, en unos orificios preparado para ello. Ahora Lorayn no podía acceder a ninguna pared, ni a los barrotes. Estaba en medio de la habitación. La chica no opuso resistencia ante lo débil que se encontraba. Después de ser inmovilizada, Jonathan pidió a los compañeros que se marcharan.

- ¡Estás loca! ¡Deja de hacer estupideces! - le regañó el joven.
- No puedo Jonathan... no puedo más...
- Escúchame, Lorayn - susurró - intentaré cualquier cosa para sacarte de aquí. Pero por favor, aguanta.
- Jonathan... - la joven lo miró con los ojos brillantes.
- Simplemente descansa, haz que todo siga su rumbo. La ciudad entera está muy ocupada con el caso de Tobías, los muertos y los tres visitantes... si te portas bien, si aguantas...
- Estoy desesperada. - sollozó la joven, completamente angustiada.
- ¿Cómo crees que estoy yo? - el joven se mostró molesto - ¡Lo intento todo por ti! Y tú tuviste que hacerle eso a Grendel...
- Yo no hice nada...

El muchacho se retiró a la puerta, resignado. Comenzó a cerrar la celda poco a poco. Su rostro era incrédulo, como si creyera que Lorayn utilizó por ella misma la magia, algo que ni la chica sabe.

- Aguanta. - Dijo Jonathan, mientras abandonaba la sala.

Lorayn volvió a llorar y a gemir, se dio golpes en las manos, pero su movilidad estaba tan reducida que casi no podía hacer movimientos básicos. Después de un tiempo, intentó razonar y hacer lo que su amigo le decía: aguantar. Y aguantó en silencio, aunque su respiración fuera intensa por el frío y el aire tan sucio que inspiraba.

Pasó el tiempo. Quizás un minuto. Quizás varias horas. En esa celda el tiempo es eterno y fugaz a la vez, casi sin sentido.

- Vives en un sitio de locos.

La voz venía de la celda de al lado. Lorayn no contestó, casi ignoró su voz.

- Me recuerda ésto... a como era mi país antes de la Alianza. Antes de que trabajaramos en común en todos. Los calabozos son parecidos, aunque vivamos en puntas distintas del mundo. - Se silenció la voz un rato. - Entiendo que no quieras hablar, pero créeme, yo lo necesito. Creo que lo mejor será presentarnos...
- ¡Cállate de una vez! - interrumpió otra voz al fondo, en otra celda.
- Bueno, - prosiguió la voz inicial - ese es Khalid, mi compañero. Tan agradable como siempre. Yo me llamo Víctor. ¿Tienes nombre compañero de celda contigua? - no hubo respuesta, Lorayn no decía nada. - Bien, dejemos tu nombre de lado. Te decía que vives en un sitio de locos, y debes creerme. Por lo que me dice esa tipa vieja del látigo y lo que puedo deducir, vosotros no conocéis mucho mundo. Diría que no conocéis nada del mundo. Y además sois bastante cerrados para intentar comprender lo que os digo...
- Yo no tengo culpa de ésto - susurró Lorayn, casi enfadada e impotente - No eres el único que lo pasas mal...
- Lo sé. - continuó Víctor - y además creo en ti. Tengo motivos para ello.
- ¿Qué motivos? - dijo la joven.
- Yo no hice nada y estoy aquí. Posiblemente tu caso sea el mismo. En ésta ciudad los criminales están en las calles, los inocentes en las celdas. Será que nos tienen envidia...
- ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? - preguntó preocupada Lorayn - ¡he visto como sangrabas! ¡te matarán!
- Pienso lo mismo que tu, muchacha. - dijo la voz de Khalid.
- Si, y lo diré mil veces Khalid. - respondió Víctor - Ponerme nervioso no va a solucionar nada. Tómalo con calma, siempre hay esperanza.
- ¡Tú y tu dios! - se quejó Khalid.

Durante un tiempo hubo silencio. La joven estaba perdiendo el miedo para hablar con ellos. Realmente era una oportunidad, significa conocerlos, tener constancia de otras culturas, de otros mundos, aunque fuera lo último que hiciera. Al menos podría saber que su hermano si estaría bien fuera, con otra gente, que al parecer, viven mejor.

Lorayn miró por el ventanal. Allí estaba la Luna, a lo alto de la bóveda del oscuro cielo.

- Apostaría mi coleta a que miras a la luna y sus tres hijos. - dijo la voz de Víctor.
- ¿Tres hijos?
- Así le llamamos a los tres trozos que están separados de la Luna. Sus tres hijos.

La Luna está en su máximo esplendor, pero no forma una circunferencia completa. Parte de su zona derecha está separada, como si fuera un queso al que le falta una porción mordida. Y a su vez, esa porción, está dividida en tres partes.

- Aquí sólo lo llamamos luna - dijo Lorayn - ¿le ponéis nombre a cada una de las partes?
- Sí. Y además es una base fuerte en la religión de nuestro país.
- ¿Religión? - preguntó la joven intrigada. Esa palabra no la conocía.
- ¿No tenéis Dioses por aquí? - el silencio de la joven fue tomado como una negación por Víctor. - Antes, cada país tenía su religión. Casi todas son iguales, pero tienen matices. Un Dios es una fuerza superior, alguien que tiene un poder más alto que cualquier mortal. En mi religión, mi Dios creó todo, y castiga a quién pierde la esperanza.
- En la mía - intervino Khalid - los tres hijos de la Luna son esenciales. Creemos en ellos, pero los designios son prácticamente los mismos.
- ¿Pero qué hace un Dios? - preguntó la muchacha.
- Nos guía, nos da un futuro, nos sirve de base. En realidad un Dios en sí no es nada, sólo hace falta que la gente crea en él para que exista. Pero es importante que exista.
- No blasfemes, Víctor - le replicó Khalid.
- ¿Cuántas religiones tenéis? - cuestionó Lorayn.
- Un puñado de ellas... - dijo Victor. - Antes de la Alianza, cada país y cada feudo tenía sus ideas religiosas. Tras fundarnos, nos quedamos con las más importantes. Existe un respeto mutuo entre todas, ya que el fundamento de esas religiones es el bien. Aunque también hay algunos fanáticos que creen otras cosas... es un tema complejo.
- Paises... - susurró Lorayn - ¿Quieres decir que convivís varios países juntos?
- Así es. La Alianza está formada por los cinco países mas importantes de nuestra zona. Nos unimos tras años de absurdas guerras. Se lo debemos a los monarcas actuales. Además, varios feudos están asociados a nosotros. Somos una gran potencia en el mundo, más que los orientales, los bárbaros, los nevados...

Lorayn se perdía, pero a la vez se fascinaba. Lo que escuchaba le tenía los ojos abiertos de par en par. Muchas de las cosas se le olvidaban, aunque prestaba atención, era demasiada información de golpe.

- ¿Y la Magia? - preguntó la chica.
- ¡Maldita magia! - se quejó Khalid - ¡Nos acusan de eso y no sabemos qué es!
- ¿Qué es la Magia? - preguntó Víctor.
- Es... - Lorayn intentó recordar lecciones de Eleanor - Es... convertir energía de distintas fuentes para conseguir diversos efectos.
- Ni idea, amiga. No sabemos qué es eso. - Se lamentó el prisionero.

Para la chica eso significaba que su hermano no estaba por allí. Pero a la vez estaba convencida de que el mundo era tan grande que seguro que seguía vivo por algún otro sitio.

- ¿Sabes muchacha? - preguntó Víctor - Vosotros tenéis cosas increíbles que quizás te parezcan normales. Es una pena que no hayan querido mantener relaciones comerciales con nosotros.
- ¿Y tu otro compañero? - preguntó Lorayn, interrumpiéndolo. La joven recordó los gestos de dolor de aquél hombre en la Plaza Central.
- Te refieres a Bujic. Está aquí, en otra celda. Pero él no habla.
- Posiblemente siga rezando, hasta enterrar a su mujer. - Comentó Khalid.
- ¿Rezar? ¿Enterrar? - preguntó la joven.
- Cosas de religión. - sentenció Víctor - ¿aquí no enterráis a nadie?
- No, los incineran.
- Vaya, interesante. - Víctor empezó a bostezar - Perdóname niña, pero estoy bastante cansado. Mañana me toca aguantar a esa sucia mujer con sus estúpidas preguntas y sus golpes de látigo. Si me lo permites, pienso dormir un poco.

Lorayn sonrió. La templanza de ese hombre, capaz de estar tan tranquilo ante situaciones tan complejas le llegaba a contagiar. Y todo lo que había escuchado sobre la Alianza, sus países, sus religiones, sólo era la punta del iceberg de todo lo que el mundo deparaba.

- Sólo una cosa - susurró la muchacha - Mi nombre es Lorayn.
- Suena bien... Lorayn - dijo Víctor - Me alegro de encontrar una buena persona aquí. Saldremos de ésta.

Y no hablaron más. Por alguna extraña razón, Lorayn estaba sonriendo. Sin verlo, sólo escuchándolo, ese hombre le había dado un momento especial en un día tremendamente largo. A pesar de la situación, creyó como él en que podrían escapar de ésta. Es la primera vez que pensaba algo así.

2 opiniones :

  1. Curro dijo...

    Y a dormir todos en la celda, que incomodidad que tenga que dormir atada....

  2. Vanesa dijo...

    Por fin un momento de esperanza.
    Siguente capítulo :)